jueves, 12 de junio de 2025

Cuando el silencio se vuelve carne

Jamás el silencio me hizo callar tanto como ahora. No me refiero a esa pausa poética que algunos llaman paz, ni al silencio de biblioteca que huele a papel viejo y rutina. Hablo de ese silencio denso como sangre coagulada. El que llega cuando no queda nadie que quiera escuchar, ni un eco siquiera. Ese que se instala detrás de los ojos y se va comiendo todo desde adentro.

Hoy el destino, ese bufón con sonrisa rota, se burló de mis caídas. Las colecciona como estampillas: esta fue por amor, esta por orgullo, esta por estupidez. Me caí como caen los idiotas que creen que el mundo puede cambiar solo porque uno ama con las tripas. Me caí, y él, el destino, solo aplaudió desde su palco de indiferencia. Cada caída fue un recordatorio de que abajo también hay sótanos. Y sin embargo, sigo caminando, como esos animales heridos que no saben morirse a tiempo.

Y tú…

Mañana, cuando ya no estés a mi lado, cuando tu ausencia pese más que tu presencia, el silencio acudirá a mí. No como enemigo, sino como consuelo perverso. Vendrá a llenar el espacio que tú ocupabas. Vendrá a hablarme con la voz que usabas cuando me decías que todo iba a estar bien —aunque sabías que no. Ese silencio tendrá tu tacto, tu forma de mirar sin decir nada, tu manera de dormir con una mano sobre mi pecho, como si quisieras mantener mi corazón bajo control.

Te irás, y lo sé. No por certeza, sino por intuición podrida. Porque toda la belleza que toco tiende a deshacerse. Y cuando te vayas, no hará falta que me digas adiós. Bastará con el eco hueco de tu risa que ya no estará. Bastará con la taza sin usar, con la cama que se enfría más rápido, con el olor de tu cabello desvaneciéndose en la almohada.

No quiero escribirte como mártir. No quiero pintarte con el pincel de los santos o los muertos. Fuiste humana, carajo. Con todas tus torpezas, con todos tus gritos, con tus huidas repentinas. Pero también fuiste abrigo. Fuiste hogar. Y cuando ya no estés, el silencio ocupará ese lugar como un inquilino indeseado, como una enfermedad que no da fiebre pero que te consume igual.

La gente cree que el silencio es ausencia de ruido. Qué ignorancia. El silencio de verdad es presencia pura. Es presencia insoportable. Es tú sin tú. Es el eco de lo que fuimos. Es la forma más cruel del recuerdo.

Y entonces entenderé, con cada fibra de esta existencia malograda, que lo único que me queda es hacerle espacio al silencio…
…y dejar que me abrace como tú lo hacías, cuando aún no sabías que ibas a irte.

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