Los días no pasaban, me pasaban por encima como una procesión de verdugos. Condenaban mi alma sin juicio, sin defensa, sin Dios. Volvían cada mañana como hienas hambrientas a hurgar entre los restos de mi cordura. Mi vida —ese animal herido— lloraba en silencio, entre la roca que no perdona y la flor que ya no huele a nada. Se entregaba sin pelea, como se entregan los condenados: sin fe, sin nombre, sin queja.
Las calles están vacías, sí, pero no de cuerpos. Están vacías de sentido. El amor quedó tirado en una esquina, como un billete falso que nadie quiere levantar. El hombre ambicioso —ese gusano con corbata— vivirá para siempre, sí, pero en una eternidad hueca, sin sangre, sin piel, sin alma. Mientras tú... tú sigues condenándote solo, jugando a vivir sin querer vivir, siendo el carcelero y el reo de tu existencia.
No juegues así. La condena no necesita ayuda.
Déjate envolver. Deja que la vida te trague de un bocado, que te mastique los huesos, que te escupa en un rincón donde ni la muerte quiera buscarte. Sobrevive si puedes, pero sabiendo que en este juego no hay victoria, solo demora. Trátate de encontrar y verás cómo ellos —los otros, los normales, los domesticados— intentan domarte, arrancarte los colmillos, cortarte las alas que nunca tuviste.
Pero vendrán las mañanas lúcidas. No bellas. No salvadoras. Solo lúcidas. Te mostrarán quién eres: un fragmento que sangra, una grieta que respira, un disfraz pintado en casa para parecer humano. Para fingir que aún queda algo por lo que no enloquecer del todo.