miércoles, 18 de junio de 2025

El Disfraz de la Vida se Pinta en Casa

Los días no pasaban, me pasaban por encima como una procesión de verdugos. Condenaban mi alma sin juicio, sin defensa, sin Dios. Volvían cada mañana como hienas hambrientas a hurgar entre los restos de mi cordura. Mi vida —ese animal herido— lloraba en silencio, entre la roca que no perdona y la flor que ya no huele a nada. Se entregaba sin pelea, como se entregan los condenados: sin fe, sin nombre, sin queja.

Las calles están vacías, sí, pero no de cuerpos. Están vacías de sentido. El amor quedó tirado en una esquina, como un billete falso que nadie quiere levantar. El hombre ambicioso —ese gusano con corbata— vivirá para siempre, sí, pero en una eternidad hueca, sin sangre, sin piel, sin alma. Mientras tú... tú sigues condenándote solo, jugando a vivir sin querer vivir, siendo el carcelero y el reo de tu existencia.

No juegues así. La condena no necesita ayuda.

Déjate envolver. Deja que la vida te trague de un bocado, que te mastique los huesos, que te escupa en un rincón donde ni la muerte quiera buscarte. Sobrevive si puedes, pero sabiendo que en este juego no hay victoria, solo demora. Trátate de encontrar y verás cómo ellos —los otros, los normales, los domesticados— intentan domarte, arrancarte los colmillos, cortarte las alas que nunca tuviste.

Pero vendrán las mañanas lúcidas. No bellas. No salvadoras. Solo lúcidas. Te mostrarán quién eres: un fragmento que sangra, una grieta que respira, un disfraz pintado en casa para parecer humano. Para fingir que aún queda algo por lo que no enloquecer del todo.

lunes, 16 de junio de 2025

Cartografía de un Orgasmo Perdido

El sexo es una mentira hermosa. Una ficción en carne viva. Nos toma por idiotas y nosotros le aplaudimos. Se disfraza de amor, de encuentro, de redención, pero no es más que una coreografía de desesperados buscando olvidarse por un rato. Yo mismo —sí, yo— acaricio mi sexo como quien busca a Dios en una esquina oscura, como quien tantea un rosario hecho de carne, entre imágenes deformes de amor y calles decrépitas. Lima no es una ciudad: es una cloaca con faroles. Una tumba abierta. Un desfile interminable de desechos humanos envueltos en perfume barato.

Durante un tiempo creí que me observabas desde algún rincón invisible. Que sabías cada paso que daba entre estas ruinas. ¿Dónde te habías metido? ¿Por qué no gritaste cuando más lo necesité? Reaparece ahora, pero no como salvación: vuelve como sombra. Como reflejo del metal oxidado que soy. Todo lo vivido se vuelve hojalata, un eco metálico que resuena en mi cráneo cuando intento recordar por qué sigo respirando.

Nunca te imaginé así: tan cerca, tan ajena, tan indiferente. Acércate, pero no para salvarme —para recordarme por qué quise amarte con la garganta abierta, con la voz desollada por tanto suplicar.

El cansancio se me ha hecho carne. Y un hombre, cuando se rompe, ya no se reconstruye: se arrastra. Vale más saber del dolor que fingir ignorancia. Los años no enseñan nada, pero el sufrimiento, ese sí, cobra peaje. Uno aprende a lamer sus heridas con cierta elegancia, a llevar la gangrena como quien luce una medalla. Ella era bella, y por eso dolía más. Porque todo lo bello, cuando se pierde, arrastra el alma consigo.

El dolor llegó por las tardes, como un ladrón con alas. Pájaros de mirada azul cruzaban el cielo mientras yo me convertía en tierra. Me dolía ser. Me dolía haber sido. Me dolía todo lo que no volvería. Y en medio de ese dolor, regresé —como siempre— al niño que fui. A ese pequeño que aún cree que alguien lo salvará. Que aún espera, iluso, que el amor no sea solo una trampa con forma de cuerpo caliente.

jueves, 12 de junio de 2025

Cuando el silencio se vuelve carne

Jamás el silencio me hizo callar tanto como ahora. No me refiero a esa pausa poética que algunos llaman paz, ni al silencio de biblioteca que huele a papel viejo y rutina. Hablo de ese silencio denso como sangre coagulada. El que llega cuando no queda nadie que quiera escuchar, ni un eco siquiera. Ese que se instala detrás de los ojos y se va comiendo todo desde adentro.

Hoy el destino, ese bufón con sonrisa rota, se burló de mis caídas. Las colecciona como estampillas: esta fue por amor, esta por orgullo, esta por estupidez. Me caí como caen los idiotas que creen que el mundo puede cambiar solo porque uno ama con las tripas. Me caí, y él, el destino, solo aplaudió desde su palco de indiferencia. Cada caída fue un recordatorio de que abajo también hay sótanos. Y sin embargo, sigo caminando, como esos animales heridos que no saben morirse a tiempo.

Y tú…

Mañana, cuando ya no estés a mi lado, cuando tu ausencia pese más que tu presencia, el silencio acudirá a mí. No como enemigo, sino como consuelo perverso. Vendrá a llenar el espacio que tú ocupabas. Vendrá a hablarme con la voz que usabas cuando me decías que todo iba a estar bien —aunque sabías que no. Ese silencio tendrá tu tacto, tu forma de mirar sin decir nada, tu manera de dormir con una mano sobre mi pecho, como si quisieras mantener mi corazón bajo control.

Te irás, y lo sé. No por certeza, sino por intuición podrida. Porque toda la belleza que toco tiende a deshacerse. Y cuando te vayas, no hará falta que me digas adiós. Bastará con el eco hueco de tu risa que ya no estará. Bastará con la taza sin usar, con la cama que se enfría más rápido, con el olor de tu cabello desvaneciéndose en la almohada.

No quiero escribirte como mártir. No quiero pintarte con el pincel de los santos o los muertos. Fuiste humana, carajo. Con todas tus torpezas, con todos tus gritos, con tus huidas repentinas. Pero también fuiste abrigo. Fuiste hogar. Y cuando ya no estés, el silencio ocupará ese lugar como un inquilino indeseado, como una enfermedad que no da fiebre pero que te consume igual.

La gente cree que el silencio es ausencia de ruido. Qué ignorancia. El silencio de verdad es presencia pura. Es presencia insoportable. Es tú sin tú. Es el eco de lo que fuimos. Es la forma más cruel del recuerdo.

Y entonces entenderé, con cada fibra de esta existencia malograda, que lo único que me queda es hacerle espacio al silencio…
…y dejar que me abrace como tú lo hacías, cuando aún no sabías que ibas a irte.

martes, 3 de junio de 2025

Prematuro

Si me muero ahora, ¿quién carajos va a recordarme? Nadie, probablemente. Tal vez mi hijo. Aunque no por lo que dije ni por lo que hice —¿qué hice realmente?—, sino por algo más primitivo, más triste: un olor, un ritmo en la respiración, una sombra en la cocina. Recordará cosas sin nombre, emociones en estado bruto. Recordará el ruido de mis pasos, el calor de una presencia que no supo quedarse. Y nada más. Ni una frase completa. Ni un consejo claro. Seré apenas un murmullo emocional cuando cierre los ojos. Y con el tiempo, ni eso.

Mi hermano tal vez. Tal vez él cargue con lo que yo nunca supe ser, pero intenté. Padre improvisado, figura borrosa, esa cosa que llena un vacío sin quererlo. Quizá me piense cuando esté solo, o cuando le falte el aire. Quizá me odie. Quizá me agradezca. No lo sé. No me atrevo a preguntarle porque no quiero saberlo.

No tengo pareja. Ni una que importe, ni una que me duela. Solo rostros que se fueron, cuerpos que pasaron, palabras dichas con el volumen justo para no comprometerse. El amor me dio flojera. Y cuando lo intenté, salí arañado, con la ropa rota y las tripas colgando. Me acostumbré al vacío como quien se acostumbra a una camisa sucia: con resignación y sin aspavientos.

Y no, al mundo no le interesa si mañana dejo de respirar. La ciudad sigue. Los buses siguen. Los memes siguen. La gente come, se masturba, se queja, se casa, se muere. Una más, uno menos. A nadie le importa el nombre de los que se fueron si no dejaron escándalo, herencia o deuda. Y yo no tengo nada de eso. Ni gloria, ni tumba, ni deuda memorable.

Lo único que tengo son estas palabras que se caen de mi boca como dientes podridos. Esta escritura sin estilo, sin piedad, que lanzo al vacío por si alguien —alguien loco, alguien igual de cansado— las pesca y se siente menos solo por un rato.

A veces me consuelo pensando que no quiero que me recuerden. Que la libertad está en no dejar rastros. Pero es mentira. Todos queremos algo. Un suspiro, un “yo lo conocí”, una lágrima por costumbre. Pero tampoco tengo eso. Lo que tengo es esta ansiedad áspera. Esta certeza de que si me muero ahora, ni los gatos del vecindario me buscarían. Esta sensación de que ya estoy muerto desde hace rato y solo se me olvidó decírselo al cuerpo.

Y sin embargo, respiro. Sigo. Escribo. No por esperanza, no por fe, sino por pura terquedad. Porque si voy a desaparecer, quiero al menos dejar este vómito aquí. Con sangre, con dudas, con rabia.

Y si nadie lo lee…
Al menos sabré que no me callé. Aunque sea para decir que no queda nada

sábado, 29 de marzo de 2025

Platón

 Nacimos encadenados a la penumbra, condenados a chupar del fango y a mirar un muro donde las sombras juegan a ser la verdad. No conocemos más que esas siluetas flacas y amorfas, reflejos mutilados de un mundo que nos es inaccesible. Nos convencemos de que esto es la realidad porque cuestionarla sería un escupitajo en nuestra propia cara. Nos aplaudimos unos a otros por interpretar mejor las sombras, por darles nombres, por aferrarnos a esta mentira como un perro muerto se aferra a su última pulga. La ignorancia es un útero tibio donde nos mecemos, una droga barata que preferimos antes que el dolor del despertar.

Pero un día alguien rompe las cadenas. No por valentía, sino porque el sistema falló, porque la maquinaria escupió un error. Se tambalea, se arrastra hacia la salida, y cuando ve la luz, siente que le arrancan la piel a tiras. La verdad es un puño de acero incrustado en el cráneo. Duele. Quema. Te desgarra de adentro hacia afuera.

Afuera, el mundo no es un paraíso. Es inmenso, sí, pero también es cruel, sucio, despiadado. El sol es un verdugo inclemente que lo desnuda todo sin piedad, que expone cada grieta, cada herida abierta. Aquí no hay sombras piadosas, solo materia cruda, miseria expuesta, carne y hueso sin anestesia. El aire pesa distinto, está contaminado por la podredumbre de los que creen saber más. Y el silencio... el silencio es insoportable, un zumbido que te perfora los sesos.

Pero con el tiempo, el ojo se acostumbra, la piel deja de arder y la verdad se transforma en veneno puro, algo que te carcome pero te mantiene vivo. Ahora sabe. Ahora ha visto. Y con el conocimiento llega la maldición de la soledad.

Porque el iluminado comete el peor error: vuelve a la cueva. Quiere contar lo que ha visto, arrancar a los otros de su letargo a patadas si es necesario. Pero ellos lo miran con desprecio, con lástima, con asco. Su verdad es una amenaza, su despertar es un insulto. Lo llaman loco, lo llaman traidor, y en el mejor de los casos, lo ignoran. En el peor, lo destrozan. Entonces entiende: la ignorancia no es una prisión, es un refugio. Nadie quiere salir de la cueva porque la oscuridad es cómoda, porque el autoengaño es un abrigo cálido en medio del frío absoluto de la existencia. El mundo real es demasiado brutal para ser aceptado sin abrirse las venas.

Así que el iluminado se queda callado. O lo matan. Y la cueva sigue su danza de sombras. Y los prisioneros siguen aplaudiendo, babeando en su letargo. Y el mundo sigue girando, como una bestia ciega y famélica que devora todo a su paso.

lunes, 24 de marzo de 2025

El Eco de la Ruina

 Hay lugares a los que el hombre nunca debería llegar, territorios donde la verdad no es un descubrimiento, sino una sentencia. Lugares que no están en mapas ni en galaxias lejanas, sino en la profundidad de su propia miseria. Y sin embargo, el hombre insiste, avanza, se estrella contra su destino con la arrogancia de un dios de barro, convencido de que la historia le pertenece. Su ambición es su condena, su curiosidad el filo de la navaja con la que, tarde o temprano, se abrirá el pecho.

Charlton Heston en "El Planeta de los Simios" es el rostro de esa condena. Un viajero sin patria, un astronauta que ha atravesado la inmensidad del cosmos solo para llegar a un planeta hostil, un mundo en el que los ecos de su propia civilización resuenan con una crueldad grotesca. La arena se aferra a su piel como un recordatorio de que está solo, de que ha dejado atrás todo lo que alguna vez conoció. Pero no hay alivio en el olvido. No hay tabula rasa para quien lleva en la médula el pecado de su especie.

Aquí, en esta tierra desconocida, la jerarquía ha cambiado de rostro, pero no de esencia. Lo que una vez fue su dominio ahora es su prisión. La civilización que creía indestructible ha sido erradicada, reemplazada por una que le observa con la misma superioridad con la que él y los suyos miraban a los que consideraban inferiores. Se encuentra, por primera vez, al otro lado de la jaula, y la ironía es tan brutal que apenas deja espacio para el horror.

La historia se repite como un ciclo maldito, una rueda de dominación y sometimiento que gira sin descanso. La religión, la política, la ciencia: todas siguen su curso, todas perpetúan el mismo engaño, solo que ahora con otros dioses, con otros profetas, con otros verdugos. Y el hombre, el gran arquitecto de su propia caída, se enfrenta al más cruel de los destinos: no la aniquilación, sino la irrelevancia.

Al final, la verdad le espera como una carcajada grabada en piedra, semienterrada bajo la desidia de los siglos. Es allí, en la orilla de su desesperación, donde la ve. Y lo entiende. Y el peso de ese entendimiento es más brutal que cualquier castigo físico, más desgarrador que cualquier tortura. Porque el mayor castigo para el hombre no es la muerte. Es saber, sin posibilidad de escape, que ha sido él mismo quien ha destruido todo lo que creía eterno.

Irrealidad

El mañana es una mentira, un engaño burdo tejido con los hilos podridos de la esperanza. No existe. No ha existido nunca. Es una ninfa desnuda, húmeda y temblorosa, prometiéndote el éxtasis de tu vida, de esta vida ruin y desperdiciada. Pero el mañana es un truco barato, un espejismo perverso. Frente a él, erguido y despiadado, está el hoy, el único dios verdadero, el único que nos pertenece. Y su verdad es cruda, fresca como la carne abierta, como el deseo de morir que a veces ruge dentro de mí con una fuerza asesina.

A ratos, ese deseo me empuja a caminar sin rumbo, a buscar con descaro una bala errante, un conductor ebrio que tenga la amabilidad de esparcir mis entrañas sobre el asfalto. O, peor aún, me hace buscar un mañana que nunca llega, un traidor incorpóreo que se burla de mis ansias con su eterna ausencia. Espejismo tras espejismo, noches tan negras como esta, noches que se multiplican y me atrapan en su útero sofocante. Quisiera gritar como un poseso, desgarrar la tela pegajosa del silencio, inundar con mis alaridos el resquicio de cerebro que aún me queda. Un cerebro famélico de lujuria, podrido por la espera. Estoy enfermo de soledad, intoxicado por esta agonía que se pega a la piel como un veneno dulce, que no se disuelve ni entre la multitud ni en el roce fugaz de cuerpos sin alma.

Pero en medio de la tarde, cuando la luz empieza a rasgar los bordes del día, algo en mí se tensa. Me llama. Me invita a correr tras ella, a caer junto a ella, a morir en su resplandor. Es la luz de la muerte, la que no avisa, la que arrasa con todo, incluso conmigo, incluso con estos pasos cansados de tanto perseguir lo imposible. Y quizá sea lo único real. Porque es la luz del ahora, la luz del presente, la que se clava en la piel y nos alimenta de lo que duele, de lo que quema, de lo único cierto.

El mañana… El mañana puede pudrirse en su engaño. Ahora no importa.

El Disfraz de la Vida se Pinta en Casa

Los días no pasaban, me pasaban por encima como una procesión de verdugos. Condenaban mi alma sin juicio, sin defensa, sin Dios. Volvían cad...