Nacimos encadenados a la penumbra, condenados a chupar del fango y a mirar un muro donde las sombras juegan a ser la verdad. No conocemos más que esas siluetas flacas y amorfas, reflejos mutilados de un mundo que nos es inaccesible. Nos convencemos de que esto es la realidad porque cuestionarla sería un escupitajo en nuestra propia cara. Nos aplaudimos unos a otros por interpretar mejor las sombras, por darles nombres, por aferrarnos a esta mentira como un perro muerto se aferra a su última pulga. La ignorancia es un útero tibio donde nos mecemos, una droga barata que preferimos antes que el dolor del despertar.
Pero un día alguien rompe las cadenas. No por valentía, sino porque el sistema falló, porque la maquinaria escupió un error. Se tambalea, se arrastra hacia la salida, y cuando ve la luz, siente que le arrancan la piel a tiras. La verdad es un puño de acero incrustado en el cráneo. Duele. Quema. Te desgarra de adentro hacia afuera.
Afuera, el mundo no es un paraíso. Es inmenso, sí, pero también es cruel, sucio, despiadado. El sol es un verdugo inclemente que lo desnuda todo sin piedad, que expone cada grieta, cada herida abierta. Aquí no hay sombras piadosas, solo materia cruda, miseria expuesta, carne y hueso sin anestesia. El aire pesa distinto, está contaminado por la podredumbre de los que creen saber más. Y el silencio... el silencio es insoportable, un zumbido que te perfora los sesos.
Pero con el tiempo, el ojo se acostumbra, la piel deja de arder y la verdad se transforma en veneno puro, algo que te carcome pero te mantiene vivo. Ahora sabe. Ahora ha visto. Y con el conocimiento llega la maldición de la soledad.
Porque el iluminado comete el peor error: vuelve a la cueva. Quiere contar lo que ha visto, arrancar a los otros de su letargo a patadas si es necesario. Pero ellos lo miran con desprecio, con lástima, con asco. Su verdad es una amenaza, su despertar es un insulto. Lo llaman loco, lo llaman traidor, y en el mejor de los casos, lo ignoran. En el peor, lo destrozan. Entonces entiende: la ignorancia no es una prisión, es un refugio. Nadie quiere salir de la cueva porque la oscuridad es cómoda, porque el autoengaño es un abrigo cálido en medio del frío absoluto de la existencia. El mundo real es demasiado brutal para ser aceptado sin abrirse las venas.
Así que el iluminado se queda callado. O lo matan. Y la cueva sigue su danza de sombras. Y los prisioneros siguen aplaudiendo, babeando en su letargo. Y el mundo sigue girando, como una bestia ciega y famélica que devora todo a su paso.
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