Si me muero ahora, ¿quién carajos va a recordarme? Nadie, probablemente. Tal vez mi hijo. Aunque no por lo que dije ni por lo que hice —¿qué hice realmente?—, sino por algo más primitivo, más triste: un olor, un ritmo en la respiración, una sombra en la cocina. Recordará cosas sin nombre, emociones en estado bruto. Recordará el ruido de mis pasos, el calor de una presencia que no supo quedarse. Y nada más. Ni una frase completa. Ni un consejo claro. Seré apenas un murmullo emocional cuando cierre los ojos. Y con el tiempo, ni eso.
Mi hermano tal vez. Tal vez él cargue con lo que yo nunca supe ser, pero intenté. Padre improvisado, figura borrosa, esa cosa que llena un vacío sin quererlo. Quizá me piense cuando esté solo, o cuando le falte el aire. Quizá me odie. Quizá me agradezca. No lo sé. No me atrevo a preguntarle porque no quiero saberlo.
No tengo pareja. Ni una que importe, ni una que me duela. Solo rostros que se fueron, cuerpos que pasaron, palabras dichas con el volumen justo para no comprometerse. El amor me dio flojera. Y cuando lo intenté, salí arañado, con la ropa rota y las tripas colgando. Me acostumbré al vacío como quien se acostumbra a una camisa sucia: con resignación y sin aspavientos.
Y no, al mundo no le interesa si mañana dejo de respirar. La ciudad sigue. Los buses siguen. Los memes siguen. La gente come, se masturba, se queja, se casa, se muere. Una más, uno menos. A nadie le importa el nombre de los que se fueron si no dejaron escándalo, herencia o deuda. Y yo no tengo nada de eso. Ni gloria, ni tumba, ni deuda memorable.
Lo único que tengo son estas palabras que se caen de mi boca como dientes podridos. Esta escritura sin estilo, sin piedad, que lanzo al vacío por si alguien —alguien loco, alguien igual de cansado— las pesca y se siente menos solo por un rato.
A veces me consuelo pensando que no quiero que me recuerden. Que la libertad está en no dejar rastros. Pero es mentira. Todos queremos algo. Un suspiro, un “yo lo conocí”, una lágrima por costumbre. Pero tampoco tengo eso. Lo que tengo es esta ansiedad áspera. Esta certeza de que si me muero ahora, ni los gatos del vecindario me buscarían. Esta sensación de que ya estoy muerto desde hace rato y solo se me olvidó decírselo al cuerpo.
Y sin embargo, respiro. Sigo. Escribo. No por esperanza, no por fe, sino por pura terquedad. Porque si voy a desaparecer, quiero al menos dejar este vómito aquí. Con sangre, con dudas, con rabia.
Y si nadie lo lee…
Al menos sabré que no me callé. Aunque sea para decir que no queda nada
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