sábado, 29 de marzo de 2025

Platón

 Nacimos encadenados a la penumbra, condenados a chupar del fango y a mirar un muro donde las sombras juegan a ser la verdad. No conocemos más que esas siluetas flacas y amorfas, reflejos mutilados de un mundo que nos es inaccesible. Nos convencemos de que esto es la realidad porque cuestionarla sería un escupitajo en nuestra propia cara. Nos aplaudimos unos a otros por interpretar mejor las sombras, por darles nombres, por aferrarnos a esta mentira como un perro muerto se aferra a su última pulga. La ignorancia es un útero tibio donde nos mecemos, una droga barata que preferimos antes que el dolor del despertar.

Pero un día alguien rompe las cadenas. No por valentía, sino porque el sistema falló, porque la maquinaria escupió un error. Se tambalea, se arrastra hacia la salida, y cuando ve la luz, siente que le arrancan la piel a tiras. La verdad es un puño de acero incrustado en el cráneo. Duele. Quema. Te desgarra de adentro hacia afuera.

Afuera, el mundo no es un paraíso. Es inmenso, sí, pero también es cruel, sucio, despiadado. El sol es un verdugo inclemente que lo desnuda todo sin piedad, que expone cada grieta, cada herida abierta. Aquí no hay sombras piadosas, solo materia cruda, miseria expuesta, carne y hueso sin anestesia. El aire pesa distinto, está contaminado por la podredumbre de los que creen saber más. Y el silencio... el silencio es insoportable, un zumbido que te perfora los sesos.

Pero con el tiempo, el ojo se acostumbra, la piel deja de arder y la verdad se transforma en veneno puro, algo que te carcome pero te mantiene vivo. Ahora sabe. Ahora ha visto. Y con el conocimiento llega la maldición de la soledad.

Porque el iluminado comete el peor error: vuelve a la cueva. Quiere contar lo que ha visto, arrancar a los otros de su letargo a patadas si es necesario. Pero ellos lo miran con desprecio, con lástima, con asco. Su verdad es una amenaza, su despertar es un insulto. Lo llaman loco, lo llaman traidor, y en el mejor de los casos, lo ignoran. En el peor, lo destrozan. Entonces entiende: la ignorancia no es una prisión, es un refugio. Nadie quiere salir de la cueva porque la oscuridad es cómoda, porque el autoengaño es un abrigo cálido en medio del frío absoluto de la existencia. El mundo real es demasiado brutal para ser aceptado sin abrirse las venas.

Así que el iluminado se queda callado. O lo matan. Y la cueva sigue su danza de sombras. Y los prisioneros siguen aplaudiendo, babeando en su letargo. Y el mundo sigue girando, como una bestia ciega y famélica que devora todo a su paso.

lunes, 24 de marzo de 2025

El Eco de la Ruina

 Hay lugares a los que el hombre nunca debería llegar, territorios donde la verdad no es un descubrimiento, sino una sentencia. Lugares que no están en mapas ni en galaxias lejanas, sino en la profundidad de su propia miseria. Y sin embargo, el hombre insiste, avanza, se estrella contra su destino con la arrogancia de un dios de barro, convencido de que la historia le pertenece. Su ambición es su condena, su curiosidad el filo de la navaja con la que, tarde o temprano, se abrirá el pecho.

Charlton Heston en "El Planeta de los Simios" es el rostro de esa condena. Un viajero sin patria, un astronauta que ha atravesado la inmensidad del cosmos solo para llegar a un planeta hostil, un mundo en el que los ecos de su propia civilización resuenan con una crueldad grotesca. La arena se aferra a su piel como un recordatorio de que está solo, de que ha dejado atrás todo lo que alguna vez conoció. Pero no hay alivio en el olvido. No hay tabula rasa para quien lleva en la médula el pecado de su especie.

Aquí, en esta tierra desconocida, la jerarquía ha cambiado de rostro, pero no de esencia. Lo que una vez fue su dominio ahora es su prisión. La civilización que creía indestructible ha sido erradicada, reemplazada por una que le observa con la misma superioridad con la que él y los suyos miraban a los que consideraban inferiores. Se encuentra, por primera vez, al otro lado de la jaula, y la ironía es tan brutal que apenas deja espacio para el horror.

La historia se repite como un ciclo maldito, una rueda de dominación y sometimiento que gira sin descanso. La religión, la política, la ciencia: todas siguen su curso, todas perpetúan el mismo engaño, solo que ahora con otros dioses, con otros profetas, con otros verdugos. Y el hombre, el gran arquitecto de su propia caída, se enfrenta al más cruel de los destinos: no la aniquilación, sino la irrelevancia.

Al final, la verdad le espera como una carcajada grabada en piedra, semienterrada bajo la desidia de los siglos. Es allí, en la orilla de su desesperación, donde la ve. Y lo entiende. Y el peso de ese entendimiento es más brutal que cualquier castigo físico, más desgarrador que cualquier tortura. Porque el mayor castigo para el hombre no es la muerte. Es saber, sin posibilidad de escape, que ha sido él mismo quien ha destruido todo lo que creía eterno.

Irrealidad

El mañana es una mentira, un engaño burdo tejido con los hilos podridos de la esperanza. No existe. No ha existido nunca. Es una ninfa desnuda, húmeda y temblorosa, prometiéndote el éxtasis de tu vida, de esta vida ruin y desperdiciada. Pero el mañana es un truco barato, un espejismo perverso. Frente a él, erguido y despiadado, está el hoy, el único dios verdadero, el único que nos pertenece. Y su verdad es cruda, fresca como la carne abierta, como el deseo de morir que a veces ruge dentro de mí con una fuerza asesina.

A ratos, ese deseo me empuja a caminar sin rumbo, a buscar con descaro una bala errante, un conductor ebrio que tenga la amabilidad de esparcir mis entrañas sobre el asfalto. O, peor aún, me hace buscar un mañana que nunca llega, un traidor incorpóreo que se burla de mis ansias con su eterna ausencia. Espejismo tras espejismo, noches tan negras como esta, noches que se multiplican y me atrapan en su útero sofocante. Quisiera gritar como un poseso, desgarrar la tela pegajosa del silencio, inundar con mis alaridos el resquicio de cerebro que aún me queda. Un cerebro famélico de lujuria, podrido por la espera. Estoy enfermo de soledad, intoxicado por esta agonía que se pega a la piel como un veneno dulce, que no se disuelve ni entre la multitud ni en el roce fugaz de cuerpos sin alma.

Pero en medio de la tarde, cuando la luz empieza a rasgar los bordes del día, algo en mí se tensa. Me llama. Me invita a correr tras ella, a caer junto a ella, a morir en su resplandor. Es la luz de la muerte, la que no avisa, la que arrasa con todo, incluso conmigo, incluso con estos pasos cansados de tanto perseguir lo imposible. Y quizá sea lo único real. Porque es la luz del ahora, la luz del presente, la que se clava en la piel y nos alimenta de lo que duele, de lo que quema, de lo único cierto.

El mañana… El mañana puede pudrirse en su engaño. Ahora no importa.

viernes, 21 de marzo de 2025

INTRODUCCION

 La infancia es un espejismo, una estafa de la que solo te percatas cuando ya es demasiado tarde. De niño, sueñas con el día en que serás dueño de tu vida, cuando el yugo parental se disuelva como niebla y puedas andar por el mundo sin más ley que la tuya. Pero a medida que ese día se acerca, el horizonte se ensombrece, se llena de sombras movedizas y dudas que nunca antes habías imaginado. Crecer es descubrir que la vida no es un duelo entre el blanco y el negro, sino un vasto pantano de grises donde cada decisión es apenas una gota insignificante cayendo en aguas turbias.

Y aun así, no volvería atrás. No me aferro a la infancia como otros lo hacen, porque mis recuerdos no son precisamente un álbum de estampas felices. Tampoco fueron una pesadilla, pero hay una bruma en ellos, una sensación de desconcierto que nunca terminó de disiparse. Apenas noté la transición de niño a adolescente, y ahora, con cuarenta años a cuestas, sigo sintiendo el eco de aquella edad en mis venas gastadas. Tal vez sea porque en el fondo sé que hubo más sombras que luces, más horas de inquietud que de júbilo.

Ser adulto es un suplicio necesario, un malestar constante disfrazado de responsabilidad. Pagas cuentas, construyes una familia, te conviertes en el pilar de algo que nunca terminas de comprender del todo. Pero al menos aquí, en este terreno áspero, hay una cierta claridad, una conciencia plena del absurdo que antes no tenía. De niño, yo no lo pasaba precisamente bien. Era callado, tímido, un espectador mudo de una casa donde las risas de mis padres eran efímeras, antesala de silencios largos y mezquinos. Las peleas los sumergían en una guerra fría de semanas enteras sin dirigirse la palabra, y en medio de ese campo de batalla, yo existía como una sombra sin voz.

Así que no, no volvería a esos días. Prefiero esta adultez rota, este vértigo de preocupaciones, antes que el desconcierto de una infancia sin refugios.

El Disfraz de la Vida se Pinta en Casa

Los días no pasaban, me pasaban por encima como una procesión de verdugos. Condenaban mi alma sin juicio, sin defensa, sin Dios. Volvían cad...