lunes, 24 de marzo de 2025

Irrealidad

El mañana es una mentira, un engaño burdo tejido con los hilos podridos de la esperanza. No existe. No ha existido nunca. Es una ninfa desnuda, húmeda y temblorosa, prometiéndote el éxtasis de tu vida, de esta vida ruin y desperdiciada. Pero el mañana es un truco barato, un espejismo perverso. Frente a él, erguido y despiadado, está el hoy, el único dios verdadero, el único que nos pertenece. Y su verdad es cruda, fresca como la carne abierta, como el deseo de morir que a veces ruge dentro de mí con una fuerza asesina.

A ratos, ese deseo me empuja a caminar sin rumbo, a buscar con descaro una bala errante, un conductor ebrio que tenga la amabilidad de esparcir mis entrañas sobre el asfalto. O, peor aún, me hace buscar un mañana que nunca llega, un traidor incorpóreo que se burla de mis ansias con su eterna ausencia. Espejismo tras espejismo, noches tan negras como esta, noches que se multiplican y me atrapan en su útero sofocante. Quisiera gritar como un poseso, desgarrar la tela pegajosa del silencio, inundar con mis alaridos el resquicio de cerebro que aún me queda. Un cerebro famélico de lujuria, podrido por la espera. Estoy enfermo de soledad, intoxicado por esta agonía que se pega a la piel como un veneno dulce, que no se disuelve ni entre la multitud ni en el roce fugaz de cuerpos sin alma.

Pero en medio de la tarde, cuando la luz empieza a rasgar los bordes del día, algo en mí se tensa. Me llama. Me invita a correr tras ella, a caer junto a ella, a morir en su resplandor. Es la luz de la muerte, la que no avisa, la que arrasa con todo, incluso conmigo, incluso con estos pasos cansados de tanto perseguir lo imposible. Y quizá sea lo único real. Porque es la luz del ahora, la luz del presente, la que se clava en la piel y nos alimenta de lo que duele, de lo que quema, de lo único cierto.

El mañana… El mañana puede pudrirse en su engaño. Ahora no importa.

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