La infancia es un espejismo, una estafa de la que solo te percatas cuando ya es demasiado tarde. De niño, sueñas con el día en que serás dueño de tu vida, cuando el yugo parental se disuelva como niebla y puedas andar por el mundo sin más ley que la tuya. Pero a medida que ese día se acerca, el horizonte se ensombrece, se llena de sombras movedizas y dudas que nunca antes habías imaginado. Crecer es descubrir que la vida no es un duelo entre el blanco y el negro, sino un vasto pantano de grises donde cada decisión es apenas una gota insignificante cayendo en aguas turbias.
Y aun así, no volvería atrás. No me aferro a la infancia como otros lo hacen, porque mis recuerdos no son precisamente un álbum de estampas felices. Tampoco fueron una pesadilla, pero hay una bruma en ellos, una sensación de desconcierto que nunca terminó de disiparse. Apenas noté la transición de niño a adolescente, y ahora, con cuarenta años a cuestas, sigo sintiendo el eco de aquella edad en mis venas gastadas. Tal vez sea porque en el fondo sé que hubo más sombras que luces, más horas de inquietud que de júbilo.
Ser adulto es un suplicio necesario, un malestar constante disfrazado de responsabilidad. Pagas cuentas, construyes una familia, te conviertes en el pilar de algo que nunca terminas de comprender del todo. Pero al menos aquí, en este terreno áspero, hay una cierta claridad, una conciencia plena del absurdo que antes no tenía. De niño, yo no lo pasaba precisamente bien. Era callado, tímido, un espectador mudo de una casa donde las risas de mis padres eran efímeras, antesala de silencios largos y mezquinos. Las peleas los sumergían en una guerra fría de semanas enteras sin dirigirse la palabra, y en medio de ese campo de batalla, yo existía como una sombra sin voz.
Así que no, no volvería a esos días. Prefiero esta adultez rota, este vértigo de preocupaciones, antes que el desconcierto de una infancia sin refugios.
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